jueves, diciembre 03, 2009

Era ella

Era ella, en el momento no lo supe, en el momento creí que se trataba de una más y nos separamos.
Pero ahora sé que pudo haber sido la mujer que cambiaría mi vida, apenas unas semanas juntos y llegó el desenlace. Todavía recuerdo esa noche, en medio de la tranquilidad de una pintoresca cabañita en Oaxtepec.
Ese día habíamos disfrutado la compañía del otro como nunca antes, nuestro amor se deslizó por los toboganes, nuestra pasión chacualeaba en el “chapotiadero” y nuestro destinó se selló a panzasos desde el trampolín de tres metros. Al llegar el atardecer, el amor que sentíamos se derramaba como los pedazos de pan bimbo que le prodigabamos a los patos que nadaban en las aguas sulfurosas de la cúpula geodésica, aún hoy no puedo oler un canal de desagüe o un huevo cocido sin recordarla.




La noche nos sorprendió llegando a la cabaña. El splish, splash del chapotiadero despertó en mí unas ganas irrefrenables de besarla, el verla ahí en todo su esplendor me volvía loco. Su figuraba se adivinaba seductora debajo del fondo que había usado para nadar y la humeda playera, en la que la leyenda “Labastida presidente” apenas alcanzaba a cubrir el corpiño azul marino que se transparentaba, desataba mi pasión. Esa visión me arrebataba, en ese momento me atacó un deseo irrefrenable de arrancarle la ropa y deshacerme de mi camiseta “Rimbros” de tirantitos y mis chores del América. De algún modo pude contenerme, me acerqué hacía ella, el silencio de la noche se rompió con el inconfundible ¡splaf! ¡splaf! de mis chancletas de pata de gallo, ella al voltear a mis pies y descubrirlos enfundados en unos elegantísimos calcetines ejecutivos color beige no pudo contener un escalofrío de deseo. Llegué a su lado, y al tiempo que desamarraba sus trenzas, con mi voz más seductora, grave y profunda le susurré al oído un sensual: “Chata, destapate otra caguama”.
Ella no pudo más que estremecerse hasta lo más profundo de su ser, diligente se dirigió a la hielera de unicel y de ella extrajo la última guama de vicky que quedaba, con la caguama en las manos se volteó a mirarme provocativa, acercó la boca de la botella a sus labios y de forma por demás sugestiva la destapó con los dientes, la espuma salpicó su cara y yo ardiendo de deseo me lancé sobre ella, la tomé entre mis brazos y la lleve a la habitación, una vez ahí ella se deshizo de mi agarre y seductora encendió el radio, yo ardiendo de deseo me empiné la caguama mientras ella subía el volumen y comenzaba el más sensual estriptís que he visto en mi vida, se despojó de la ropa siguiendo la cadencia de la música: “peeeerdoname miamorrrrrrrr… …por ser tan guapo” la acariciadora voz de Rigo Tovar acompañó la danza, cuando finalmente ella quedó completamente desnuda, mis ojos recorrieron todo su cuerpo.



Ella, coqueta, roció las partes de su cuerpo que despertaban mi pasión con el seductor aroma de pasión gitana de AVON, yo, que ya me había comenzado a desnudar, di saltitos de pasión ya sin playera y con los calzones y los chores a la altura de los tobillos.
Más que abrazarla, le di una “tacleada” de pasión que hizo que nuestros cuerpos ansiosos se desplomarán sobre la cama. En ese momento sentí una punzada en el pecho, creí que la pasión era demasiada para mi pobre corazón hasta que me di cuenta de que el brinco con el que caímos a la cama, había botado un resorte del colchón que simplemente no había podido con los 173 kilos de pasión de nuestros cuerpos enlazados. Por un momento logré controlarme y planee la estrategía de mi pasión, con delicadeza me decidí a empezar a saborear su cuerpo desde la punta de sus “pieses”. Mi boca empezó a deslizarse por los delicados dedos, empecé por el pulgar (el único que tenía debido a un accidente sufrido con la maquinaria de la tortillería “la toma de Zacatecas” en la que había trabajado) acto seguido mi lengua recorrió el contorno de su ojo, de pescado, el inconfundible sabor de la pomada “derman” despertó mi más bajos instintos. Como un rayo seguí hasta sus pantorrillas, mi lengua seguía el sinuoso camino que describían sus varices, ella a punto del desmayo, sólo atinó a decir: “Oh, ‘state. ¿Es de que no ves que soy re cosquilluda?”
En ese momento no púde contenerme más y me avalancé sobre ella. Comencé la danza del amor, los dos moviéndonos con una perfecta sincronización. El único sonido que rompía el silencio de la noche, era el “splaf, splaf” cada vez que nuestras panzas chocaban durante la arremetida amatoria, combinado con el splish, splash de las olas del chapotiadero. Después de más de 45 segundos de violenta pasión, nuestros extenuados cuerpos bañados en sudor se dieron un descanso. Yo, encendí un delicado sin filtro mientras la observaba dormir. La estridencia de sus ronquidos me dejó en claro que estaba agotada, y era obvio: nunca había conocido un amante como yo, un verdadero hombre capaz de brindarle maratones sexuales de casi un minuto de duración.
En este momento mi mente vuela al primer momento en el que me cuestioné acerca de si era o no la mujer de mi vida. Ahora lo recuerdo claramente, fue mientras conducía de regreso por la carretera libre México – Cuernavaca.



Desde ese momento supe que si era ella, la había perdido para siempre. Ella nunca podría perdonarme… después de todo la había dejado colgada con la cuenta de la cabña y me había robado su brasilia 77, con la cual me dirigía a un deshuesadero de Texcoco… mi único consuelo en ese entonces, como ahora, es saber que ella nunca olvidará aquella noche de octubre en Oaxtepec.

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